Ella sintió una presión en el pecho, y esas nauseas en las manos y en las costillas y en todo el cuerpo, seguido de más palabras que, harta, sólo echaba al aire. Ahora hasta su forma de creer cuestionaba. Pero al final todo se acomodaba de nuevo, como en un drama barato con un efímero y ufano final. Luego de tan conveniente charla María Magdalena se atosigó de ver a su tiempo escurrir de un modo tan estéril y se dispuso a acudir a su salvamento, su definitivo erudito Gustavo Rafael Zuloaga. Tiempo atrás ella lo había conocido accidentalmente y accidentalmente se quedaron los dos. Ese día, a los 18 años, ella encontró por fin el gusto.
Una bomba con cianuro
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sábado, 30 de enero de 2010
Gustavo
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