Eres incalculable como la materia imperfecta misma que abunda en tu cuerpo en este instante. Eres la vida misma del dadaísmo encerrada en el arte tradicional de un pueblo primitivo a través de los años. Eres el lenguaje menos efímero y más trascendental que consto de su existencia y de su alma. Eres el alma en una melodramática pena barata que me conmueve y me extasía como un chillante dolor que persiste entre mis dedos, cual cáncer o tifus extinta en cualquier rincón menos en el tuyo y en el mío. Eres ese rincón de tu cuerpo que pasa nadando en humo y fumando libido y lujuria, solo en ese rincón. Eres ese niño que llora al escuchar la separación y al ver la sombra pederasta. Eres ese no poeta contrariado y desmejorado. Inverso a tus pensamientos inimaginables tu juicio se enferma, ágil y apresurado germen que se aferra con cordura a comerse tu seso prudente dejándote pobre y desnudo entre sabanas blancas de tu cultivado culto frente a un ingente tragaluz que da directo a tu demencia, pasando por tu desequilibrada vista cual esquizofrénico intentando olvidar algo. Eres ese poeta rubio en una España renacentista con dedos largos y huesudos pródigos de piano y listos para palpar entre aludidos monarcas y sugeridos burgueses. Eres ese genio judío encarcelado y arrastrado que se ahoga en sus palabras violadas. Eres esa puta cortesana que se suicida arriesgándose en su martirio reviviendo recuerdos para poder matar vidas. Eres Cavaletta.
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