
De frente entre lo verde que nos encuentra, estamos y nos miramos y nos amamos, pero no nos besamos. Entre tanta gente una coincidencia inevitable nos llamo para no equivocarnos, para no olvidarnos, no pasarnos desapercibidos. Una nimiedad nos habla a gritos claros y nos hace entendernos, entendernos no, pero entender, al menos, lo que hacemos los dos.
Un momento de silencio y de bocas fijas, y un momento en que los dos sabemos lo que pasa, nos sabemos todos y lo sabemos todo, pero no lo decimos.
Una mano sobre la mía que me encanta, que no puede ser concebida en otro lugar que no sea ahí, con sus dedos entrelazados a los míos. Comentarios y tu sonrisa que me llena, tu sonrisa que me entiende, tu sonrisa que me acaricia.
Tiempo muerto, tiempo que no existe para ti, pero para mi si y la verdad es que tu lo tienes todo. Tan fanático que me apeno de mi ignorancia, tan profeso y yo tan ecuánime. Si tu ternura dependiese de creer como tu lo haría, de mi modo razonable le hallaría coherencia, encontraría una justificación, e imaginaria como tu y también de antagónico, pero al fin y al cabo, llegaría a inventarte.
Tan correctos son hasta tu nombre y tus pasos, que todo eres menos una mentira. Merecedor de el mundo, hasta del mío, que desmereces el resto de los enredos y las incógnitas, que meritas lo distinto, y yo, tonta enamoradiza, te lo dejo en la puerta y toco y corro, sólo espero que lo veas al salir, y te enamore, y me digas “Ya lo sabía, que un día llegaría”.
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